El Organillo

24 09 2009

Tomado de “The little bookroom” por Eleanor Farjeon

Erase una vez un viajero que debía recorrer mucho camino. No pudo llegar a su destino al anochecer, sino que le fue preciso caminar toda la noche.

Su ruta cruzaba bosques y colinas, sitios desiertos sin pueblos ni aldeas, sin ni siquiera una casa. Y como era una noche muy obscura, no podía ver el camino y lo perdió en medio de un bosque.

Era una noche tan quieta como lóbrega y oía tan poco como veía; así es que buscando compañía se hablaba a sí mismo.

-¿Qué haré yo ahora? – se decía el caminante -. ¿Seguiré mi viaje o me detendré aquí? Si continúo puedo llegar a donde no quiero ir y por la mañana estaré más lejos que nunca de mi meta. Pero, si me detengo aquí, es seguro que no habré adelantado un paso, no estaré más cerca de lo que estoy ahora y quizá tenga que andar siete millas antes del desayuno. ¿Qué me conviene más? Suponiendo que me detenga, ¿me echaré o me quedo de pie? Si me acuesto puedo hacerlo sobre espinos. Pero si me quedo en pie, es seguro que cogeré un calambre en las piernas. ¿Qué debo hacer?

Cuando había llegado a este punto de sus razonamientos que, en total, no eran gran cosa, oyó los acordes de una música en el bosque. Apenas hubo algo que escuchar, dejó de hablar consigo mismo; era sorprendente oír música en tal sitio. No es que alguien silbase o cantase, ni que tocase la flauta o el violín, cosa que tal vez podría esperarse en semejante sitio y en aquella hora. No; la música que llegó a oídos del caminante en el bosque obscuro y en aquella obscura noche fue la de un organillo.

El viajero se sintió feliz al oír la melodía. No le volvió ya la sensación de haberse extraviado; aquella tonada le producía el efecto de hallarse muy cerca del final de su viaje y le parecía que encontraría su casa tras un recodo. Se encaminó hacia el sonido y, mientras andaba, antojábasele que la hierba se movía a sus pies y que las hojas le azotaban las mejías. Cuando estuvo cerca de la música, gritó: ¿Dónde está usted?

Estaba seguro de que habría alguien allí, pues ni siquiera un organillo perdido en el corazón del bosque tiene virtud para mover su manivela por sí mismo. Y no se equivocaba, pues cuando gritó:

“¿Dónde está usted?”, le contestó una voz alegre: – ¡Estoy aquí, señor!

El caminante extendió la mano y tocó el organillo.

-Espere un poco, caballero – añadió la alegre voz -. Voy a terminar esta pieza y, si quiere, puede usted bailar.

La cantata continuó muy sonora y jubilosa y el caminante, con excelente humor, empezó a danzar raudamente. Los dos, el organillo y el viajero, terminaron al mismo tiempo con un floreo.

-¡Bueno, bueno! -exclamó el caminante-. No he bailado a los sones de un organillo desde que tenía diez años, en una callejuela.

-Es natural, señor – contestó el organillero.

-Aquí tiene un penique para usted.

-Gracias; hacía mucho tiempo que nadie me daba un penique.

-¿Cuál es su camino? (Preguntó el caminante)

-No sigo camino alguno. Lo mismo da uno que otro; puedo tocar mi instrumento aquí o más allá.

-Pero seguro que usted necesita casas con ventanas; si no, ¿cómo podría la gente echarle algún penique?

-Tengo lo suficiente para cubrir mis necesidades sin eso. No tengo muchos gastos.

-Pero -insistió el caminante- ustedes necesitan callejuelas con niños. Si no, ¿quién bailará cuando usted toque?

-¡Ahora ha dado usted en el clavo! -exclamó el organillero-. Antes, en otros tiempos, yo tocaba todos los días delante de las casas con balcones, hasta que reunía mis doce peniques, y el resto del día tocaba en las callejuelas. Cada día gastaba seis peniques y ahorraba otro tanto. Pero ocurrió una vez que pillé un resfriado y tuve que guardar cama; cuando me levanté encontré otro organillo en una de mis callejuelas, en otra, un gramófono y una corneta en la tercera. Así es que me di cuenta de que había llegado el momento de retirarme y ahora toco mi organillo donde me place. La melodía siempre es la misma, sea aquí o más allá.

- Pero ¿Quién baila? – preguntó el caminante
- En un bosque no hay necesidad de bailadores – dijo el organillero y dióle vuelta a la manivela.

Apenas empezó la música, el caminante sintió que la hierba y las hojas se movían y, en seguida, el aire se pobló de mariposillas y luciérnagas y hasta el cielo relumbró de estrellas que danzaban como niños en una callejuela. Le pareció al viajero que, a la luz de las estrellas danzantes, veía cómo se abrían flores en el bosque donde un momento antes no existía ninguna y cómo se esforzaban en crecer de prisa, abriéndose paso a través del musgo para balancearse sobre sus tallos al compás de la música y bailar con tanta gracia como las mariposillas.

Y presenció cómo corrían unos arroyuelos por donde antes no había nada. También sintió como si hubiese muchas más cosas en movimiento de las que podía ver y que danzaban como las flores, los arroyos, las estrellas, las mariposillas, las luciérnagas y las hojas en la noche. El bosque rebosaba de bailadores de todo linaje y hasta la luz penetraba en él, pues la Luna asomó su redonda faz tras una nube e iluminó todo el cielo.

Mucho antes de que ocurriesen tantas cosas, también el caminante comenzó a bailar: su danza era como la que solía trenzar a sus diez años, y bailó sin descanso hasta que la melodía del organillo se perdió en la distancia y entonces se encontró fuera del bosque, con las luces de la ciudad frente a sí, señalándole claramente su ruta.